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Cuando los torturados gobiernan

Alberto Vergara

En los últimos años más de un analista ha señalado el giro hacia la izquierda de los gobiernos de América Latina. Asimismo, se ha subrayado la existencia de dos izquierdas: una de tendencias populistas y otra social-demócrata. La experiencia de la represión brutal que sufrieron las izquierdas en el cono sur del continente generó un consenso común contra la arbitrariedad y sobre la necesidad de instituciones imparciales que protejan los derechos fundamentales. Esta convicción combinada con los valores socialistas tradicionales viene dando lugar a una serie de políticas públicas que en su objetivo por mayor justicia social no atropella el sistema político ni recorta libertades.

Durante doce años, José Pepe Mujica estuvo preso en carceles uruguayos. Y durante dos de aquellos años, sobrevivió en el fondo de un foso apenas más grande que su ancho cuerpo. Enterrado en vida y torturado por los militares uruguayos, esperaba el día en que sería asesinado por sus carceleros. Pendía sobre él y algunos otros guerrilleros tupamaros la amenaza que sí se realizaba alguna acción tupamarista cada uno de ellos sería ejecutado. Más que un preso político, Mujica era un rehén político. Hoy es presidente del Uruguay. No guarda rencores y lidera junto a su predecesor, Tabaré Vásquez, una social democracia ejemplar.

A Michelle Bachelet la sacaron de su casa junto a su madre una noche de 1975. Con los ojos vendados fue a dar a una pequeña celda que compartió con ocho presas políticas, en donde dos de ellas fueron violadas. Su padre, el general Bachelet, había sido torturado hasta la muerte unas semanas antes por el régimen de Pinochet. Michelle y su madre fueron liberadas un mes después de la detención y viajaron asiladas a Australia. Michelle Bachelet se convirtió en la primera mujer presidente en Chile, liderando su país desde 2006 hasta principios de 2010, Bachelet dejó el poder este año con una cuota de popularidad enorme, habiendo realizado uno de los gobiernos más exitosos del Chile contemporáneo.

Dilma Rousseff puede convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo de la presidencia de la historia brasileña. En los sesenta perteneció a grupos de extrema izquierda y en 1970 fue capturada por la dictadura militar. Fue torturada en repetidas oportunidades con distintas modalidades incluyendo choques eléctricos, que en alguna ocasión le produjeron lesiones tan graves que debió ser enviada a hospitales para detener las hemorragias que sufría. En los últimos años ha sido una exitosa ministra del gobierno del Presidente Brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y ahora cuenta con todo el apoyo del presidente brasileño y del Partido de los Trabajadores para las elecciones presidenciales en octubre de este año. Aunque algunos le enrostran su pasado comunista y guerrillero, ella lo recuerda, más bien, como la lucha contra la dictadura de la época: “Quando o Brasil mudou, eu mudei”.

Brasil, Chile y Uruguay vienen construyendo los proyectos social-demócratas más serios en América Latina habiendo introducido valores socialistas a las instituciones de la democracia liberal. En cada uno de estos países se ponen en práctica políticas destinadas a reducir la pobreza: en Uruguay por primera vez se ha hecho pagar impuestos a las clases altas y medias, en Chile se ha empujado un seguro universal de salud y en Brasil el programa Fome Zero viene reduciendo la pobreza año a año. Del lado político, sus populares líderes no intentan reelegirse indefinidamente como presidente: ni Bachelet ni Lula ni Vásquez intentaron quedarse en el cargo más allá de donde la constitución se los permitía. Asimismo, en estos países la oposición no es hostigada, los medios de comunicación son libres y prima el estado de derecho.

Esta armonización de instituciones políticas liberales y políticas públicas redistributivas son una gran novedad en América Latina, continente donde suele aceptarse la existencia de una ineludible contraposición entre libertades e igualdad. Crecida a la sombra de la revolución cubana, la izquierda latinoamericana confió durante décadas que los cambios sociales nunca podrían venir desde las urnas. Se pensaba que el continente sólo cambiaría a punta de fusil.

Pero la experiencia de la represión en las izquierdas del cono sur latinoamericano parece haber jugado un papel importante para anular la desconfianza respecto de la democracia electoral. Tanto en Brasil como en Chile y Uruguay, la izquierda en el poder pertenece a una generación que sufrió el exilio, el asesinato y la tortura. Quienes hoy han llegado al poder son, en muchos casos, sobrevivientes y esta experiencia ha dado forma e influenciado a los gobiernos de izquierda en estos países. De un lado, frente a la experiencia común de la arbitrariedad autoritaria, aparece la necesidad de construir instituciones y de proteger derechos fundamentales. Frente a la dictadura que no respeta cuerpo ni alma de sus enemigos, se encarna la necesidad de construir un Estado de derecho para todos: el aprendizaje brutal de la necesidad democrática. Y, por tanto, esta experiencia común descalifica inmediatamente cualquier tipo de régimen —de izquierda o derecha— que haga de la arbitrariedad su modus operandi. Frente a la arbitrariedad que impone la ley del más fuerte, los derechos humanos y la democracia aseguran la ley del más débil.

Y esta confianza en las leyes fundamentales y en las instituciones comienza a dar lugar a regímenes políticos donde no priman los personalismos. Al contrario del resto de países en América Latina donde cada gobierno suele estar identificado con un apellido, la evolución de estos países se dirige hacia las instituciones, se consolidan partidos políticos socialistas que, desde el poder o desde la oposición, juegan un papel central. Y todo esto colabora para que el sistema político en su conjunto gane estabilidad pues los partidos conservadores ya no pueden jugar la carta extremista o personalista.

Más allá de la justicia intrínseca que se percibe cuando un ex torturado toma las riendas de la nación sin construir gobiernos para la venganza, la experiencia de la dictadura y la represión parece haber ayudado a comprender los beneficios de la democracia y el respeto de los derechos fundamentales. En un continente donde la izquierda siempre vio a la democracia electoral como una traición, donde la justicia social y las garantías individuales se percibieron —y en muchos casos, se perciben— como un juego de suma cero, el ejemplo de los gobiernos de izquierda de estos tres países es crucial. Y es importante también porque la derecha percibe que no hace falta, como antaño, abrazar a los militares para impedir el triunfo de una izquierda que solía reclamarse leninista.

Finalmente, es muy posible que mientras las izquierdas de retórica inflamada y dependientes de los hidrocarburos entrarán en crisis cuando caigan los precios internacionales, las políticas públicas puestas en marcha por estas izquierdas socialistas permanecerán en el tiempo. Y acaso esa será la mejor lección para las izquierdas latinoamericanas: las urnas y las instituciones pueden garantizar la permanencia en el tiempo de las reformas, mientras que los personalismos plebiscitarios van y vienen.blue square

Alberto Vergara es candidato a doctor en ciencia política por la Universidad de Montréal (Canadá). Entre sus publicaciones, El choque de los ideales. Partidos políticos y reformas institucionales en el Perú post-Fujimorato (Idea Internacional, 2009) y Ni amnésicos ni irracionales. Las elecciones peruanas de 2006 en perspectiva histórica (Solar Ediciones, 2007).


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