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Mujeres peruanas y microempresas 

Janina V. León

Perú ha sido identificado como ícono del crecimiento económico entre los países en desarrollo, pese a la reciente crisis internacional: entre 2000 y 2010 su producto bruto ha crecido sostenidamente en más de cinco por ciento por año. El reporte Doing Business 2010 del Banco Mundial ubica al país en el puesto 36 a nivel mundial y segundo en América Latina porque su ambiente regulatorio vigente favorece a la apertura y operaciones de empresas. Además, según resultados de un estudio reciente de la investigadora Nora Lustig para la región latinoamericana, la desigualdad de ingresos en Perú, entre otros países, se está reduciendo; ello va a la par con la reducción de la pobreza nacional reportada para los años recientes. Aun el desempleo es referido como continuamente bajo, alrededor de cinco por ciento. Frente a este contexto macroeconómico promisorio, ¿cuánto de estas ganancias del crecimiento y menor pobreza han alcanzado específicamente a las mujeres que participan en la actividad económica? 

Al 2008, de toda la oferta laboral peruana —unos 15 millones en una población total de 30 millones—, el 46 por ciento era femenina, según el Informe Anual 2008 “La mujer en el mercado laboral peruano” del Ministerio de Trabajo, en base a datos censales y de encuestas de hogares del Instituto Nacional de Estadística. En promedio, la edad de las trabajadoras es 40 años, su nivel educativo es de primaria (con gran dispersión), y 30 por ciento de ellas son jefas de hogar, sean viudas, separadas o solteras. Prácticamente todas las trabajadoras están ocupadas, siendo mínimo el desempleo abierto, que afecta a las más jóvenes. Las trabajadoras se concentran en áreas urbanas, viviendo una de cada tres en Lima Metropolitana, una en alguna otra ciudad y una en el área rural. 

¿Cómo se incorpora la mano de obra femenina en los mercados de trabajo? En principio es necesario destacar que hombres y mujeres comparten tendencias similares desde los años 1980s: al menos 45 por ciento han sido subempleados (con ingresos menores al mínimo legal), han trabajado en microempresas, sea por cuenta propia (casi 40 por ciento), como dueños (alrededor cinco por ciento), o como familiares no remunerados (15 por ciento). Entre trabajadoras, el subempleo ha sido superior (al menos 60 por ciento), con mayor participación en microempresas, sea por cuenta propia o como no remuneradas. También desde décadas atrás, se ha mantenido gran diferencia en el perfil de inserción laboral de las trabajadoras según localización, asociada a la naturaleza de sus actividades económicas. Al 2008, las trabajadoras rurales se desempeñaban masivamente como familiares no remuneradas (49 por ciento) o como dueñas (34 por ciento) de pequeñísimas unidades agrícolas, pecuarias o artesanales. En tanto, las trabajadoras urbanas trabajan por cuenta propia (37 por ciento) o en alguna microempresa entre dos y nueve trabajadores (16 por ciento), sea como dueñas o asalariadas.

Por tanto, el empleo de las trabajadoras peruanas sigue dependiendo en gran medida de la capacidad de microempresas rurales y urbanas para generar empleo e ingresos, según sus diferentes actividades, posibilidades de acumulación, tamaño de mercado, etc. Por tanto, frente al contexto de expansión macroeconómica, en especial en las áreas urbanas modernas, parecen pocos los cambios en las condiciones laborales y de ingresos de las mujeres. Según el Informe Anual 2008 previamente referido, más del 50 por ciento de las mujeres siguen operando en microempresas, rurales o urbanas, trabajando en promedio 40 horas por semana, aunque con jornadas más largas en áreas urbanas. Por condiciones de contratación, predomina la informalidad: al menos 80 por ciento de las trabajadoras no están afiliadas a ningún sistema de pensiones, y más de la mitad, no están cubiertas por ningún seguro de salud. A ello podemos añadir las precarias condiciones técnicas y financieras de la mayoría de microempresas, con pocos años en el mercado, instaladas usualmente en una habitación de la vivienda propiedad de la trabajadora, salvo cuando ésta es ambulante, y operando en ramas de servicios personales y comercio minorista, con bajas barreras a la entrada y bajos retornos. De ahí que en su mayoría estas microempresas sean unidades de baja productividad y mínima escala de producción, con consecuentes bajos ingresos para su mano de obra. Los ingresos laborales de trabajadoras son reducidos —alrededor de US$170 por mes—, y menores a los de sus pares masculinos que son más de US$200 promedio. 

Estos resultados estadísticamente representativos de las encuestas de hogares del Perú contrastan con casos exitosos de microempresas que en estos años han exportado sus productos. El documento “Handicraft Trade and Women Entrepreneurs - A Case Study in Lima”, elaborado en 2008 para el North-South Institute, encuentra peculiaridades de las microempresarias que exportan sus artesanías: ellas son mujeres adultas, con experiencia en su actividad, que conocen sus mercados locales y extranjeros, que se informan y capacitan por iniciativa propia. Ellas limitan su asociatividad y su endeudamiento por sus expectativas de crecimiento futuro, e involucran a sus parientes inmediatos en el negocio. En los casos estudiados, las microempresarias exportaban a través de terceros, asociaciones de exportadores u ONGs de comercio justo, por razones de confianza y escala, esperando hacerlo directamente en el futuro. Similares experiencias se reportan en ramas de confecciones y alimentos. Como se ve, hay espacio para que las políticas públicas y la cooperación fortalezcan la actividad de estas mujeres microempresarias exitosas.

Si la expansión macroeconómica ha favorecido significativamente poco a las microempresas, ¿qué opciones de políticas pueden ser implementadas? Para fortalecer la capacidad productiva de las microempresas es necesario que se amplíe el acceso a servicios empresariales y de asistencia técnica. Recientemente el Perú ha sido premiado por su excelente desarrollo microfinanciero, que habrá redundado en favor de las microempresas. Menor ha sido la prioridad a políticas masivas de entrenamiento técnico, información, capacitación, formalización, que finalmente son decisivas para la competitividad de estos negocios. Como las microempresas de mujeres son las de menor escala e ingresos, las políticas de fortalecimiento empresarial y financiero las deben priorizar. Urge un conocimiento cabal y directo de las microempresas mismas; esperemos que ello sea posible pronto con la nueva encuesta de microempresas que está recogiendo el Instituto Nacional de Estadísticas. Esta información puede contribuir a mejorar la investigación y elaborar propuestas de política orientados a mejorar sustancial y sostenidamente los ingresos y condiciones laborales en que se incorporan las mujeres peruanas en los mercados de trabajo.  

Janina V. León es Profesora Principal del Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Posee un Doctorado en Economía del desarrollo, medio ambiente y agrícola por la Ohio State University. La autora puede ser contactada en jaleon@pucp.edu.pe.


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